Día ciento cincuenta del anecdotario durante el coronavirus en Chiapas

El resultado de Ene fue positivo. Ha sido portador de Covid-19 y se ha enfermado. El dictamen lo supe hace casi tres semanas. Me enteré un jueves y, desde entonces, empecé a calcular cuánto tiempo discurrió desde la última vez que estuve en contacto con él. Luego de cavilar, debí encerrarme por dos semanas, a la espera de que algún síntoma estallara en mí. Salvo un dolor de cabeza y el agotamiento que se propicia con el encierro, no tuve alguna otra molestia, si es que se obvia a la espera y el constante resonar de la mortalidad: no es un descubrimiento, pero su constante repicar hace a los días cansinos, repetitivos y, en mi caso, me condujo a las praderas de la ira en donde discurrí apoyado en los western que emitieron desde los jueves hasta los domingos de julio en el canal de youtube del MALBA.

A Ene le dio un dolor en el pecho que coincidió con un golpe que se dio al subir al techo de mi casa y revisar cómo estaba el nivel del agua. En ese entonces llovía, pero no había acueducto, con lo que se debía medir el consumo más de lo que se acostumbra en un lugar con problemas de suministro como San Cristóbal de las Casas. Desde el positivo, Ene piensa que, más que un asunto virológico, es una nueva treta del familiar que quiere asesinarlo en San Juan Chamula. De hecho, ha salido a hablar con su rezandero para relatarle los sueños a través de los cuales hay una nueva lucha entre espíritus que quieren apoderarse de él. Mientras tanto, los demás esperamos… ¿qué esperamos?

En un comienzo me supuse como doble de Novarro, el poeta filipino. Imaginé una gran ola y no una inundación que se completara a cuentagotas hasta asfixiarme. El virus está en casa y, aunque parece que nadie más se ha contagiado, circula y seguirá filtrándose por cualquier mínima gotera. El tsunami de Novarro devino una anegación aburrida, quizá tan mediocre como lo fue el terremoto que también nos sacudió hace un mes. Estaba sentado en mi escritorio improvisado (compuesto por una silla de oficina que debí comprar pues las nalgas se me estaban pelando debido al contacto con el mueble de madera rústico que compré en un inicio, y una mesa para planchar ropa que adapté a una altura aceptable); el sacudón disparó a las alarmas, los borregos se acuclillaron, al igual que los patos, y los árboles se remecieron. Justo cuando se intensificó el movimiento, este se detuvo; ya estaba preparándome para el derrumbe subsiguiente y la conjunción con nuevas inundaciones y el estallido final de la peste: nada de eso se ha dado: todo son goteras y una espera que me ha hecho perder hasta mis intentos por hacer algún chiste propicio para uno de esos programas concurso a los que se les suele acusar de rústico, elemental y cargado de un racismo y sexismo no tan soterrados para los agudos analistas del discurso mediático.

En estos días también hablé con Uve. Vive en un lote que cuenta con dos inmuebles. El que ella habita, lo comparte con sus dos hijos pequeños; en la otra edificación está el que era su marido hasta poco antes de que apareciera el virus. Su esposo – que no lo es pues estuvieron juntos por más de una década, pero jamás se casaron, aunque para mí son esposos y por eso veo tantos divorcios cuando tengo la oportunidad de salir- espera a que todo merme para quizá regresar a su ciudad de origen y volver a empezar un negocio que ya ha quebrado. Ella le tiene fastidio y esto, además de la anécdota, tiene la particularidad que me ha evocado, entre sus quejas, a A, otro conocido con el que coincidimos cuando los tres vivimos en Buenos Aires: siempre lo esperó – usó esa locución verbal- para retomar ese romance que yo apenas vi y se diluyó mucho más rápido que como apareció.

Pero A está casado. Sin hijos, pero casado. Y vive en las antípodas: “el asunto es que ya no habrá más oportunidades”, me dijo ella. Ya no las hay: antes convivíamos con la expectativa de un retorno; ahora, lo que viene es completar lo que se trazó antes, cuando nos apoyábamos en la certeza de un después y un retorno. No pude decirle mucho a Uve y aún lamento carecer de elocuencia. Sólo espero que su exmarido se pueda marchar y que ninguno se muera de hambre porque lo que se llama vida ya se nos esfumó.

***

Me ha costado seguir con el anecdotario y ya Leandro ha decidido cerrar su diario con la entrega número treinta. Yo no sé si cerrar, quiero pensar que esto puede tener el mismo riesgo y destino de nosotros: una interrupción sorpresiva, sin muchos anuncios, sin preámbulos, algo semejante a mover la palanca de un interruptor para que se apague y que la oscuridad dote de imposibilidad la existencia de cualquier forma de luz.

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El Necrosado contaminó con Covid-19 a su mamá, una señora de ochenta años, infartada. Ella sobrevivió y él no cree que haya estado enferma. Continúa con su gesta alcohólica con su nueva esposa y suele lamentarse por la pandemia.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #30. Por Leandro Alva

Hasta aquí llegamos. Ayer se batió el record de infecciones y de muertes, y acabo de escuchar hace minutos que hoy el record volvió a ceder bajo el embate de las estadísticas. Unas estadísticas que son mucho más que un mero guarismo, unas estadísticas que, aunque miremos para otro lado, tienen nombre y apellido. El panorama es desolador. Ayer, por ejemplo, fue el día del amigo y en las redes sociales proliferaban invitaciones a mitines clandestinos para celebrar la fecha. La responsabilidad individual brilla por su ausencia y la sospecha se cristaliza en una verdad tan temida como evidente: a los argentinos nos importa un carajo la suerte del otro. Recuerdo cuando decían que después de esta experiencia íbamos a salir fortalecidos y mejores, más generosos y humanos. Desde que escuché eso nunca dejé de bajar la mirada y afilar la sonrisa. La famosa curva tiene forma de guadaña.

Se nos vino la noche. El sol no brilla para todos (a fin de cuentas siempre fue así). Las ficciones apocalípticas más exageradas se quedan cortas ante la actitud apática y maquinal de gran parte de mis conciudadanos. A esta altura ya no sé qué escribir. La de hoy es la entrada número treinta de este diario que, en algún momento, llegué a disfrutar. Fue un mes completo de caer sobre el teclado para intentar hablar de algo que no entiendo del todo y que probablemente no entenderé nunca. Creo que llegó el momento de colgar los guantes. Ya no hay un porqué ni un para qué.

Anoche leí un libro de Anne Carson que termina así: Quiero saber quién sos. La gente habla de una voz que clama en el desierto. A lo largo de todo el Antiguo Testamento se oye una voz, que no es la voz de Dios pero que sabe lo que piensa Dios. ¿No me hacés un favor, mientras espero? ¿Quién sos?

La respuesta bien podría ser Mi nombre es Legión (Lucas 8:30), aunque hoy no estoy seguro de que un nombre pueda llegar a decir algo.

 

Y colorín colorado… espero que todo esto se acabe algún día, como se acaba este diario.

 

 

 

Leandro Alva, Temperley, 21 de julio de 2020

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #29

 

Hoy volvió a extenderse la cuarentena con algunas flexibilidades.

Hoy salí a caminar un rato para despejar el smog de la sesera.

Hoy pasé por el Hospital Gandulfo, el más cercano a mi casa. Allí murió mucha gente a causa del covid.

Hoy encontré una librería abierta y compré unos cuentos infantiles para mis sobrinos.

Hoy alguien me insultó desde un vehículo en marcha porque yo tenía puesta una campera de Temperley.

Hoy me enamoré de una chica que atendía una estación de servicio.

Hoy me detuve frente al viejo parque de diversiones que está a unos pasos de la estación de Lomas. Allí me llevaban mis viejos cuando era chico. Allí he llevado a mis sobrinos. Parece que lo están desmantelando. Eso me entristeció.

Hoy hubo récord de contagios y muertes en mi país.

Hoy los que se quejaban de la rigidez de la cuarentena ya se están quejando de su laxitud.

Hoy caminé casi cincuenta cuadras para imprimir dos páginas de mierda en un cyber.

Hoy no estoy seguro de que voy a seguir con este diario.

Hoy voy a preparar una pizza.

Hoy no tengo cerveza.

 

Leandro Alva, Temperley, 17 de julio de 2020.

 

 

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #28. Por Leandro Alva

Debo confesar que cada vez me resulta más difícil seguir apuntando sucesos en este anecdotario. El panorama se oscurece y uno no quiere ni asomar la nariz a la calle. Mañana (o tal vez hoy, no importa) se cumplen cien días de cuarentena por estos lares. Una cuarentena que no todo el mundo ha respetado. Es agotador, no lo niego, pero tengo bien claro que la reclusión prolongada evitó muchas muertes. Y las seguirá evitando. Solo basta con mirar la situación de nuestro vecino gigante, tropical y bossanovesco.

Por otro lado, y esto puede leerse como una falta de coherencia, tengo ganas de salir pero me pongo muy nervioso cada vez que tengo que hacerlo, como si afuera me estuviera esperando Darth Vader para darme un abrazo paternal. Supongo que puede tratarse de una especie de agorafobia inevitable, un temor atávico a las intemperies y su consecuente voracidad. Lo cierto es que me estoy acostumbrando al encierro. Y es justo decir que a veces no la paso tan mal. Mientras, mis vecinos andan desesperados organizando asambleas barriales para combatir el delito. Porque el barrio se puso pesado. Últimamente andan afanando a troche y moche, y el temor a ser asaltado se suma a los temores provocados por la pandemia. Un cocktail explosivo. El otro día me encontré con un tarambana que antes atendía una verdulería. Me contó que se había comprado un fierro para cagar a tiros a esos negros chorros. En la mano derecha sostenía una cadena que terminaba en el cogote de un pitbull sin tapaboca. Así que en cuanto tuve un segundo de aire pretexté una urgencia y volví rapidito pa´l rancho.

 

Noches atrás recibí un llamado bastante peculiar. Era mi amiga, la que se agrandó las tetas en febrero y todavía no las pudo “estrenar”. Me contó que hace 100 días que no ve a su novio, que ya no soporta la soledad, que el ser humano es incapaz de vivir aislado, que en invierno todo eso se agudiza. Finalmente se puso a llorar entre una ensalada de desmesuras apocalípticas. Intenté tranquilizarla y creo que cuando cortamos estaba un poco menos apesadumbrada. Luego me quedé dormido y soñé. En el sueño yo tenía un hermano siamés. Estábamos pegados a la altura de la cadera. Y además de todas las molestias que implica esa condición, había que sumarle que se nos hacía imposible mantener la distancia social. Entonces, mediante un fallo salomónico, decidíamos que uno debía eliminar al otro con una cuchilla de carnicero. Lo curioso es que toda la acción tenía lugar en una fábrica de pastas. Así que tirábamos una moneda al aire para ver quien debía encargarse de amasijar al otro, pero justo en ese momento yo volvía a la cuarentena de mi dormitorio boqueando como un bagre afuera del agua. Desperté con la imagen de esa moneda girando en el vacío, sin saber que había sido de mi hermano siamés. Cuando me despabilé un poco noté que tenía un par de mensajes en el celu. Eran de mi exuberante y solitaria amiga. El primero de los mensajes consistía en una foto de sus redondeces que no dejaba mucho a la imaginación. La foto venía acompañada de un aforismo de José Narosky. Un segundo mensaje decía que después de la cuarentena quiere verme, en las dos acepciones de esta última palabra. En fin… la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Y pensar que casi me acuchillo…

 

Leandro Alva, Temperley, 27 de junio de 2020.

Día ciento doce del anecdotario durante el coronavirus en Chiapas

No todo se está yendo a la mierda

La pereza es el sedimento de estos meses y persistirá cuando el comercio vuelva a lo que siempre ha sido y la gente tenga que salir a trabajar, como antes fue: es cuestión de negocios y la pereza, una vez más, será el peor de los pecados.

En las últimas semanas, nacieron unos patos que se tragó una rata a la que Ene cazó, o dejó morir de inanición en una jaula que instaló, con una carnada, muy cerca de donde durmieron las aves recién nacidas. Los borregos balan y pastan y yo doy vueltas, duermo y no duermo.

El retorno gradual a las calles, sin saber en qué momento de la pandemia estamos, también lo he percibido en mí: he debido salir al supermercado -donde suelen colocar una versión de consultorio odontológico de la canción “Color Esperanza”, con lo que mi ánimo se apesadumbra-  y al Instituto Nacional de Migraciones pues tengo que renovar mi documento de residencia; llamé por teléfono y me dijeron que debía ir hasta la oficina para que me anotaran las instrucciones en un papel que podían haberme dado por teléfono. Después de mí estaban tres personas que hablaban un idioma de Europa del este y pensé en el frío, como si allá no hubiera calor y como si el mar negro no fuese una promesa más de escape del confinamiento.

Caminé por las calles de San Cristóbal y, por primera vez, en muchos meses, me sentí extranjero. Quizá porque tenía el apuro de un trámite o porque volví a ver esas formas de caminar que cambian de una nacionalidad a otra, aunque los países sean cercanos, hablen la misma lengua y compartan maldiciones y bendiciones.

También sentí que todo se estaba yendo a la mierda, pero advertí que mucha gente se apostaba en los umbrales de sus casas y miraba hacia afuera y, en el afuera, otros tantos caminaban, reían y hasta se detenían en algún puesto de comidas a comer algo mientras dejaban que sus tapabocas colgaran en sus cuellos: el que se está yendo a la mierda soy yo.

Luego intenté tomar una fotografía, como para aferrarme a alguna condición turística que ya se ha diluido.

He perdido parte de mi sensibilidad ante los cambios. Ya ni siquiera me canso. Y dormir es tan natural como estar despierto e insustancial como lavarse las manos o echarse alcohol en gel y esperar a que la ola pase, si es que alguna vez hubo ola o si es que ya no estamos muertos o a punto de hacerlo y esta es la visión postrera de lo que pudo ser una vida.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #27. Por Leandro Alva

Co

La última vez que apunté algo en este diario dejé el optimismo a un lado. O él me dejó a mí, no sé. Para el caso es lo mismo. Hoy podría decirse que me encuentro un poco mejor de ánimo, pero solo un poco. Recuerdo aquello que escribió Ursula K. LeGuin: La luz es la mano izquierda de la oscuridad, y la oscuridad es la mano derecha de la luz; las dos son una, vida y muerte, juntas como amantes. Así me doy cuenta de que ahora estoy más cerquita de la mano izquierda de la oscuridad que la última vez que escribí algo acerca del malhadado virus. Sin embargo la preeminencia de una mano sobre la otra es variable, como en el caso de un bandoneonista que practica su arte, o el de un boxeador que prepara su estrategia de acuerdo al rival que tendrá en frente.

Ha nacido una nueva categoría generacional que prescinde de fechas de nacimiento: los pandemials. Ya no importa tu edad, vos sos un pandemial. Generación X, Generación Y, Generación Z, Millenials, Centenials, etc etc etc, todos la tienen adentro. Llegó la tan ansiada igualdad. Celebrémosla. Todos estamos a un paso de la fosa, no importa tu número de documento. Así que cuidado, mucho cuidado. Las balas pican cerca. Sin ir más lejos, el intendente del municipio donde vivo y algunos de sus asesores más cercanos tienen covid. Parece que la cosa está controlada, pero no deja de ser preocupante.

 

Mientras tanto, la primera potencia del mundo se retuerce de dolor bajo la férula del virus y de sus propios fundamentos anclados en la expoliación y el racismo. Un mandatario al borde de la demencia y casi 110.000 muertos no parece ser un cocktail muy saludable. Temo que pronto se inventen un “tirano” con petróleo para “libertar” algún país “sojuzgado” y desviar la atención. El horno no está para bollos, decía mi abuela. Y EE.UU es el país donde la libertad es una estatua, decía Nicanor Parra.

A todo esto, en mi tierra la gente discute para ver qué indignación vale más. Si la que causa la muerte de un negro allá en el norte o la de un villero acá en el sur. He presenciado argumentaciones de lo más bizarras acerca de este particular, y la vergüenza ajena desborda todo a un ritmo macabro, como el de los vecinos de Recoleta que salieron anoche a bailar en la calle desafiando la cuarentena y burlándose de la muerte y de los muertos. Las balas pican cerca pero, a veces, dan ganas de buscar ese destino, dan ganas de balearse en un rincón.

 

 

Leandro Alva, Temperley, 15 de junio de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #26. Por Leandro Alva

 

“Cuando la ciencia ficción se hace realidad, se acabó la diversión”  David Hartwell

Hace unos cuantos días que no escribo nada para este diario que se estira y se estira como un moco fantasmal. Sensaciones hay muchas, y giran sobre su propio eje cual dos perros que recién se conocen y se huelen el culo en un parque. Hasta ahora traté de ponerle onda al asunto, de buscarle la salida ocurrente, de oficiar de precaria puerta de emergencia, pero estoy algo cansado. Los chistes del virus ya no causan gracia. Conozco gente que ha sido internada y conozco gente que perdió la vida. Entonces quiero escribir, pero a mí no me sale espuma, ni siquiera un chorrito de alcohol en gel. Nada. La cuarentena se prorroga y se prorroga y los cálculos nunca dan en el blanco. Creo que el futuro es tan incierto como siempre, solo que ahora lo sentimos casi de manera física, un malestar ineludible y largo, como una serpiente que desconoce en qué rincón del mundo se agita su cascabel. Y todo eso produce una tremenda impotencia.

 

Días atrás tuve un sueño. Se trataba de una partida de ajedrez en la cual se enfrentaban dos computadoras que tenían en su memoria todas las jugadas posibles y la forma de contrarrestar las de su oponente. No había manera de imaginar otra cosa que no fuera un empate, a menos que una de las computadoras comenzara a fallar desde lo técnico y la otra ganara sin saber cómo ni porqué había ganado. Desperté con una sensación de inquietud que me acompañó durante el resto del día. No poder acceder a la victoria y tener que conformarse con hacer tablas de antemano parecería, a priori, no muy recomendable. Pero nunca se sabe. Nunca.

Así las cosas, creo que hay que jugar esta partida, hay que meterse al ascensor sin saber si subimos o bajamos, sin conocer el destino, con la escafandra correspondiente, por supuesto, y descartando de plano la mínima posibilidad de un fugaz romance de 10 pisos, no vaya a ser que nos toque un compañero de viaje que se empeñe en toser y salpicar nuestra fantasía.

 

 

Leandro Alva, Temperley, 07 mayo de 2020.

Día noventa y cinco del anecdotario durante el Coronavirus en Chiapas

Llueve y todo reverdece

1

Los nombres se ganan.

El remoquete es otro asunto: responde a las necesidades burocráticas de tener un documento de identidad o una forma para que se le llame a alguien y que este no se confunda con otros.

2

Necrosado se ganó su nombre hace unos años, cuando  dijo que tenía cáncer de hígado. Estaba recién divorciado y había regresado a la casa de su mamá. Él la abrazó y le prometió que superaría eso. Días después nadie supo qué médico lo diagnosticó y no hubo documento que acreditara su enfermedad. Eso sí: se ganó algunos días de borrachera con el subterfugio de la angustia. Desde entonces, le dan un producto que se llama Necroxil y ello devino en Necrosado.

3

Necrosado es un soporte del mundo, sobre todo, durante estos días; hace una semana estuvo borracho-una vez más se las arregló para ir de tienda en tienda por una cajita de aguardiente- y le avisó a toda la familia que había perdido su trabajo. Esta vez, pudo seguir embriagado y melancólico.

Un par de días después dijo que no perdió su puesto laboral y empezó a buscar algún examen falso de Covid que diera fe de su negativo: para no cumplir con las obligaciones en la oficina a donde debía ir algunos días, le dijo al jefe que tenía síntomas de resfriado. Jamás pensó que le pedirían una copia de los resultados, pero él, como siempre, pudo lidiar con el asunto: dijo que había perdido el papel.

4

Esfera me dice que los soportes del mundo casi siempre son aquellos que se paran en las puertas de los buses intermunicipales y anuncian su destino -el del bus y, subrepticiamente, el de ellos mismos-. Esos soportes son libros carentes de una conciencia libresca; son una escritura más profunda, lejana de cualquier pretensión, y los actos que realizan se entienden como bellaquerías, equívocos o irresponsabilidades. Irresponsables como Dios, me agrega Esfera.

5

Ahora Necrosado está feliz porque, en sus correrías por las tiendas, ha conocido a su novia. Vive con ella en la casa de su mamá. Necrosado tiene más de cincuenta años y una hija de ocho. La niña está con su madre y le dice papá al padrastro y a Necrosado le dice por su remoquete de pila: los nombres se ganan.

Necrosado es mi primo. Y mi tía tiene ochenta años.

6

La semana pasada, luego de haberme aliviado de la diarrea, se metió un ratón en la cocina de mi casa. Esa noche no pude dormir, me imaginé cómo el animal orinaba el piso y lo infestaba de Hanta virus o Leptospirosis. Recordé que, el año pasado, en casa de Omfeg, se metieron esos animalitos y los pudieron atrapar con unas jaulas. Luego de atrapados, fuimos al bosque y los soltamos. Cuando los vi quietos, respirando con nerviosismo durante su cautiverio, no sentí lo que me pasa cuando percibo que unas manchas negras corren muy pegadas a las paredes: detención del tiempo, ahogamiento y deseos de no ver.

Ene me prestó una trampa en la que el animal podía quedarse enjaulado. Pensé que, una vez enjaulado, lo dejaría en algún lugar. Ene se rio cuando le comenté esa posibilidad porque, para él, lo mejor era destriparlo luego de atrapado. Esperé dos noches y el animal no cayó, de modo que tuve que comprar una placa de plástico sobre la que está vertido un pegamento: el roedor se queda pegado y se necesita una piadosa mano que lo mate. Me figuré al animal tratando de patalear y me ilusioné con que resultara drogado por algún hálito que expeliera el pegante, como ocurre con quienes  inhalan el aliento del bóxer o chemo, como le dicen en México a ese material que sirve para olvidar que hay hambre y vida o hambre de vivir.

7

Sólo me decidí a colocar la trampa pegajosa cuando Hache me dijo que él podía ayudarme a sacar al animal. Acudí a él porque, antes de la peste, me contó que, cuando era niño, mató a un perro. Durante esos tres días de espera con las jaulas, mi cocina estuvo cercada y en penumbras. Sólo volvió la luz cuando Hache mismo colocó la placa de pegamento y, horas después, ya el animal estaba atrapado. Mientras esperábamos a que cayera el roedor en la trampa, nos sentamos en unas sillas dispuestas en el corredor del departamento y me contó cómo mató al perro: él tenía diez años y un vecino tenía un Rottweiler que saltó la cerca y se lanzó sobre Hache, él tenía una barra de metal puntuda y alcanzó a clavársela en la yugular al perro mientras este se tiró a atacarlo.

-Ese serote apenas aulló y, cuando saqué el metal de su cuello, le salió un montón de sangre y tembló.

Hache se fue corriendo y los dueños del perro creyeron que alguien lo había matado a machetazos: jamás sospecharon que un niño de diez años hubiera hecho eso.

8

Cuando le conté a Esfera lo dicho por Hache, me refirió que un conocido que vivió en el campo, le contó que una vez le tiró una pedrada a una vaca: el disparo dio entre los dos ojos del animal y este se desplomó. El niño salió corriendo y, ahora que es un adulto, ni siquiera narra eso como una pilatuna.

9

Mientras Hache me contaba de la vez en la que tuvo que envenenar a otro perro que estaba en una etapa irreversible de una sarna, el cielo ya estaba arremolinado y la temperatura de la primavera había desaparecido de San Cristóbal de Las casas.

10

Hace un frío semejante al de Bogotá cuando era niño. Yo nunca maté a un animal diferente a las hormigas (las aplastaba: jugaba a una suerte de bombardeo y una guerra donde mi mano las oprimía contra el suelo) o a las cucarachas cuando infestaban a la cocina y creía que debía mantener un mínimo de higiene.

Apenas hoy ha escampado un poco pero el agua se escurre del techo, de los árboles, de la lana de los borregos. Hace unos días nacieron otros patitos y sus vidas serán cortas: llueve desde hace cinco días por una tormenta tropical y fenecerán por el frío.

Gran parte de San Cristóbal de las Casas se ha inundado y muchas calles se han convertido en ríos. Cerca de donde vivo, hay una colonia llamada La isla:  la isla está anegada.

Dicen que la tormenta se acabará el fin de semana. Luego vendrán nuevas enfermedades y mosquitos, con lo que los supermercados, además de vender alcohol, ofrecerán repelentes y venenos.

11

La tormenta tropical que anegó a San Cristóbal se llama Cristóbal: Los nombres se ganan.

La isla se inundó: Los nombres se ganan y signan un destino.

 

12

Hache guardó al ratón pegado a la placa de plástico en una bolsa a la que le abrió un hoyo para que el animal respirara. Me dijo que lo iba a dejar tirado en una esquina y que el agua lo liberaría. Yo creo que lo destripó.

Día ochenta y seis del anecdotario durante el coronavirus en Chiapas

Antes de la tormenta

Un perro llora desde hace dos días. No sé dónde está y sólo me llega su lamento. Grita por episodios y, luego de sus gritos, aparece el ladrido furioso de otro perro que parece más grande. En  algunos lugares de San Cristóbal suelen obviar el dolor de los perros; ellos son máquinas que no sienten o quizá son el sedimento de las campañas evangelizadoras que venían acompañadas de canes: se quedaron con el evangelio y con la desconfianza para con los animales, no lo sé.

Desde que decidí que esto fuera un anecdotario y que los días pasaran para tener al menos un pretexto qué contar, el período en el cual no ocurre nada ha pasado de los días a las semanas. Y, si agrando la escala, veo años. Quizá sea exagerado ampliar la panorámica y ver que mi propia vida ha sido una sucesión de años hechos por semanas en las que nada pasa, pero recuerdo lo que alguna vez Esfera me dijo que pondría en su epitafio (si es que no terminamos en una fosa común porque las tumbas parecen una faraónica empresa en vías de extinción): Tanta mierda pa´ni mierda.

La primera mierda corresponde a los afanes propios de lo inmediato. La segunda alude a la nada, no a la de tintes orientales sino a una más pedestre, a esa que aparece mientras se espera en una sala de odontología. En mi semana pasada hubo mierda. Mucha. Tuve diarrea desde el lunes en la noche y, el jueves, ya se me dificultó salir de la cama.

Luego, gracias a que M.E me remitió a un médico, ingerí unos antibióticos y hoy día me siento mejor. Lo primero que me pidieron fue que tomara electrolitos y me vino a la cabeza la manera como los bebía el guerrero del camino, aquél camionero de un mundo apocalíptico que resolvía algunos entuertos durante sus trayectos y que se refrescaba tomando un poco de líquido que guardaba en una botella semejante a la que usan los alcohólicos.

Ni siquiera caminé hasta el bosque, salvo ayer (lunes), que el día no tuvo lluvia. Siempre llueve y ahora sé que la llamada primavera y el otoño semejan en su humedad. Quizá el verano sea igual y todo ese asunto de las estaciones no pase por algo más que una variación de la luz del sol y unos pocos grados centígrados de temperatura.

Ahora sólo ladra el perro más grande. Ojalá el pequeño deje de llorar bien sea porque se alivió o murió.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #25. Leandro Alva

Esta es la entrada número veinticinco de este virósico anecdotario y, ¡oh, casualidad!, hoy es 25 de mayo, fiesta patria en mi país, revolución de 1810, cabildo abierto, French y Beruti, el pueblo quiere saber, paraguas y escarapelas, primera junta de gobierno. La gente lo celebra comiendo locro, empanadas y pastelitos, bailando el pericón y agitando banderas, tradiciones que se verán sensiblemente acotadas porque la cuarentena se volvió a extender y uno no puede entregarse, por ejemplo, a los encantos de la danza nacional. Así que, por mi parte, solo me ocuparé del locro, las empanadas y los pastelitos, que es lo que -seré sincero- realmente me importa.

 

Días pasados descubrí que un astuto señor bodeguero de la provincia de San Juan fabricó un nuevo vino tinto en damajuana y lo bautizó Coronavinus. Una jugada maestra, un pase de magia marketinera impredecible, aunque, según parece, la idea se la choreó a una bodega española que ya trabaja esa marca desde marzo. En fin, el nombre está muy bien, solo resta probar esa noble cepa y constatar si el contenido de la damajuana le hace justicia a semejante apelativo. Es una lástima no poder contar con un par de litros para acompañar el locro y los clamores de libertad. Será la próxima.

 

Ahora tengo un problema. Un problema grave. En lo que va de la cuarentena tuve que desechar 4 pares de medias, un par de zapatillas, 3 calzoncillos y una remera. Todo por el mismo motivo: agujeros propios del uso prolongado y su consiguiente desgaste. Lo peor del asunto es que me estoy quedando literalmente en pelotas y no sé cuándo reabrirán las tiendas para poder volver a respetarme frente al espejo. No es cuestión de andar con un solo par de calzones todo el tiempo. Y mucho menos, en un día de fiesta nacional. ¡Viva la patria, carajo! ¡Virrey Cisneros, go home!

 

 

Leandro Alva, Temperley, 25 de mayo de 2020